LA CRISIS QUE NADIE QUIERE VER
Por Jacobo Carmelo Martín Rojas
El sustrato de mis artículos son las imágenes más que los pensamientos. En un mundo descreído que sólo cree en lo que ve, una imagen dice más que mil palabras de cualquier predicador de cuatro al cuarto. De nuevo he visto aparecer largas colas en Cáritas. Este sí que es un buen índice económico para ver lo que ocurre en nuestro país y no el del IBEX 35, jodido por los bancos y nuestra propia ambición. Muchos de esos pedigüeños son inmigrantes para los que España ha sido una apartheid y, lo peor de todo es que ha dejado de serlo. Un inmigrante ucraniano me decía el otro día que cuando el llegó a nuestro país con 60 € llenaba el carro de la compra para todo el mes, ahora con la misma cantidad no alcanza ni para llenarlo de agua mineral. España ha dejado de ser tierra de promisión y solución para el victimismo latino que siempre nos culpó del exceso radical de nuestro afán colonizador. Escribió Sartre que no hace mucho tiempo la tierra tenía 2000 mil millones de habitantes. Es decir, 500 millones de hombres y 1500 de indígenas, sin papeles, analfabetos, incivilizados, parias que carecen de todo derecho al verbo. Ahora no hay que ir a la India para verlos, va uno a las oficinas de Extranjería de la Subdelegación del Gobierno y allí los ve guardando colas, pidiendo y reclamando soluciones. Y es que mientras hemos tenido unos cuantos euros en el bolsillo todo ha ido bien, pero cuando se ha acabado la fiebre del oro nos encontramos con más de cuatro millones de inmigrantes pidiendo pan. Así ha sido siempre. En los tiempos de Franco exportábamos las manos de obras que sobraban a otros países y éstos se marchaban sin rechistar a hacer las Américas. Ahora nos sobran cuatro millones. Entonces llega la depresión y la gente se da a la bebida, al robo, a las mafias, al tráfico de drogas… Los hambrientos no tienen salida. Mientras tanto en Moncloa los ministriles parlanchines discuten, debaten y vuelven a discutir sin encontrar solución alguna. Menos mal que las drogas han bajado de precio me decía el otro día un conocido mío. Se puede encontrar una pastilla de éxtasis por menos de un euro y, la coca también está de oferta en los supermercados de la clandestinidad. Tiempos de crisis, tiempo de buscar los refugios del alcohol y las drogas porque las pena hay que anestesiarlas. Y los sindicatos, ¿qué hacen? Esto tiene guasa. Nos hartamos de criticar a la Iglesia Católica y a unas de sus ONG más importante como és Cáritas que está dando la cara constantemente por la sociedad de una manera racional y asombrosa, mientras que los sindicatos, hartos de chupar de las mamas del Estado, ni hablan, ni se pronuncian, ni plantean soluciones, ni nos sacan a la calle a chillar para que se entere el Gobierno. A callar que es lo suyo porque o si no el tío de la ceja les retira toda subvención bajo cuerda. ¡Qué vergüenza! Si no fuera por los comedores en las grandes ciudades promocionados por los Obispados y por la acción de Cáritas en las Iglesias locales, yo no se iban a ser de estos desvalidos inmigrantes a los que se les ha abierto más que las puertas de la España blanca las del España negra. Pero esto es pan para hoy y hambre para mañana. Mientras tanto en la España Zapateril, el pueblo, mirando para otro lado, se atrinchera en la TV que ha visto aumentado los share en los programas de “telebasuras”, deportes y series. Pero el hedor de las cloacas políticas no llega hasta los platós. Llegan los hedores de los Janeiros, de los Jurados y yo no sé quien más, pero se ocultan las comisiones parlamentarias. Y para colmo la prostitución también muestra su oferta durante la recesión. Según publica EL MUNDO, las prostitutas españolas rompen el mercado del sexo. Las extranjeras no tienen nada que hacer frente a la reaparición de las españolas, que están condenando al mar a todas las mulatas caribeñas, caboverdianas, senegalesas. Los clientes le ofrecen a una chica de color cinco euros por servicio. Dice Luigi Benedicto Borges que las prostitutas han tenido que abaratar su precio hasta en un 40 %. La pobreza, la recesión, el éxodo son los verdaderos chulos de esta crisis que empieza a esparcirse por toda la sociedad. Nos hemos dedicado tanto al culto del Becerro de Oro que cuando este ha caído no tenemos otro Dios para rezarle y encomendarle nuestro futuro. Esperamos que San Pablo llegue al ágora español y nos prometa las dádivas de su Dios desconocido, que sin estruendo de nuevo vuelve a hacer el milagro de su amor apoyado en los comedores diocesanos de las grandes urbes y su brazo siempre tendido de Cáritas. Como siempre en la historia, la Iglesia recoge los despojos de la usura de los banqueros. Pero al menos antes, en el Renacimiento, construían Iglesias para donde alojar sus tumbas para enterrarse y siempre estaban a la vera de Dios. Hoy no le prestan ni a la Corona, ni a la Iglesia, ni a las empresas, ni a los ciudadanos. Se gastan la mayor parte de los ahorros de los ciudadanos en jugar a la ruleta de la bolsa y con sus ganancias construyen los elevados muros de sus castillos porque temen que algún día lleguen los piqueteros y los muertos de hambre a colgarles. Esta crisis es un espejo en el que cada uno refleja su propia imagen, esa que nunca deseamos ver.
Por Jacobo Carmelo Martín Rojas
El sustrato de mis artículos son las imágenes más que los pensamientos. En un mundo descreído que sólo cree en lo que ve, una imagen dice más que mil palabras de cualquier predicador de cuatro al cuarto. De nuevo he visto aparecer largas colas en Cáritas. Este sí que es un buen índice económico para ver lo que ocurre en nuestro país y no el del IBEX 35, jodido por los bancos y nuestra propia ambición. Muchos de esos pedigüeños son inmigrantes para los que España ha sido una apartheid y, lo peor de todo es que ha dejado de serlo. Un inmigrante ucraniano me decía el otro día que cuando el llegó a nuestro país con 60 € llenaba el carro de la compra para todo el mes, ahora con la misma cantidad no alcanza ni para llenarlo de agua mineral. España ha dejado de ser tierra de promisión y solución para el victimismo latino que siempre nos culpó del exceso radical de nuestro afán colonizador. Escribió Sartre que no hace mucho tiempo la tierra tenía 2000 mil millones de habitantes. Es decir, 500 millones de hombres y 1500 de indígenas, sin papeles, analfabetos, incivilizados, parias que carecen de todo derecho al verbo. Ahora no hay que ir a la India para verlos, va uno a las oficinas de Extranjería de la Subdelegación del Gobierno y allí los ve guardando colas, pidiendo y reclamando soluciones. Y es que mientras hemos tenido unos cuantos euros en el bolsillo todo ha ido bien, pero cuando se ha acabado la fiebre del oro nos encontramos con más de cuatro millones de inmigrantes pidiendo pan. Así ha sido siempre. En los tiempos de Franco exportábamos las manos de obras que sobraban a otros países y éstos se marchaban sin rechistar a hacer las Américas. Ahora nos sobran cuatro millones. Entonces llega la depresión y la gente se da a la bebida, al robo, a las mafias, al tráfico de drogas… Los hambrientos no tienen salida. Mientras tanto en Moncloa los ministriles parlanchines discuten, debaten y vuelven a discutir sin encontrar solución alguna. Menos mal que las drogas han bajado de precio me decía el otro día un conocido mío. Se puede encontrar una pastilla de éxtasis por menos de un euro y, la coca también está de oferta en los supermercados de la clandestinidad. Tiempos de crisis, tiempo de buscar los refugios del alcohol y las drogas porque las pena hay que anestesiarlas. Y los sindicatos, ¿qué hacen? Esto tiene guasa. Nos hartamos de criticar a la Iglesia Católica y a unas de sus ONG más importante como és Cáritas que está dando la cara constantemente por la sociedad de una manera racional y asombrosa, mientras que los sindicatos, hartos de chupar de las mamas del Estado, ni hablan, ni se pronuncian, ni plantean soluciones, ni nos sacan a la calle a chillar para que se entere el Gobierno. A callar que es lo suyo porque o si no el tío de la ceja les retira toda subvención bajo cuerda. ¡Qué vergüenza! Si no fuera por los comedores en las grandes ciudades promocionados por los Obispados y por la acción de Cáritas en las Iglesias locales, yo no se iban a ser de estos desvalidos inmigrantes a los que se les ha abierto más que las puertas de la España blanca las del España negra. Pero esto es pan para hoy y hambre para mañana. Mientras tanto en la España Zapateril, el pueblo, mirando para otro lado, se atrinchera en la TV que ha visto aumentado los share en los programas de “telebasuras”, deportes y series. Pero el hedor de las cloacas políticas no llega hasta los platós. Llegan los hedores de los Janeiros, de los Jurados y yo no sé quien más, pero se ocultan las comisiones parlamentarias. Y para colmo la prostitución también muestra su oferta durante la recesión. Según publica EL MUNDO, las prostitutas españolas rompen el mercado del sexo. Las extranjeras no tienen nada que hacer frente a la reaparición de las españolas, que están condenando al mar a todas las mulatas caribeñas, caboverdianas, senegalesas. Los clientes le ofrecen a una chica de color cinco euros por servicio. Dice Luigi Benedicto Borges que las prostitutas han tenido que abaratar su precio hasta en un 40 %. La pobreza, la recesión, el éxodo son los verdaderos chulos de esta crisis que empieza a esparcirse por toda la sociedad. Nos hemos dedicado tanto al culto del Becerro de Oro que cuando este ha caído no tenemos otro Dios para rezarle y encomendarle nuestro futuro. Esperamos que San Pablo llegue al ágora español y nos prometa las dádivas de su Dios desconocido, que sin estruendo de nuevo vuelve a hacer el milagro de su amor apoyado en los comedores diocesanos de las grandes urbes y su brazo siempre tendido de Cáritas. Como siempre en la historia, la Iglesia recoge los despojos de la usura de los banqueros. Pero al menos antes, en el Renacimiento, construían Iglesias para donde alojar sus tumbas para enterrarse y siempre estaban a la vera de Dios. Hoy no le prestan ni a la Corona, ni a la Iglesia, ni a las empresas, ni a los ciudadanos. Se gastan la mayor parte de los ahorros de los ciudadanos en jugar a la ruleta de la bolsa y con sus ganancias construyen los elevados muros de sus castillos porque temen que algún día lleguen los piqueteros y los muertos de hambre a colgarles. Esta crisis es un espejo en el que cada uno refleja su propia imagen, esa que nunca deseamos ver.